GUILTY OF ROMANCE, HIMIZU (SION SONO)

Sitges 2011 (VIII). Japón en ruinas (y III): Muerte y transfiguración de Sion Sono

por Miguel Blanco Hortas

 


 

guilty of romance sion sono

Cineasta de filmografía irregular basada en mundos y personajes fragmentados, Sion Sono es hoy en día uno de los máximos valores del cine de autor japonés, pese a que siga despertando recelos entre la cinefilia más «ortodoxa» por sus historias juveniles y su estilo desenfadado. Empezó su carrera rodando films-poema de tipo autobiográfico (protagonizados por él mismo) hasta el rotundo éxito de Suicide Club (2002), su primera película sobre el nihilismo adolescente. Desde entonces, las pretensiones de Sion Sono han ido en aumento. Cada nueva película suponía un paso más allá en su descripción del inescrutable mundo y submundo adolescente. Un territorio vedado, de claves esquivas y significados múltiples, que él escenificaba en tramas imposibles y confusas. Noriko Dinner Table (2005) y Love Exposure (2008) son posiblemente los máximos exponentes de su cine, los mejores ejemplos de su estilo. Son películas-río, excesivas, llenas de mundos imaginarios y de citas literarias, son siempre algo pomposas y pedantes, marca de autor a la que el director japonés recurre en todos sus films.

El año pasado se vio en Sitges Cold Fish (2010), donde Sion Sono abandonaba por primera vez a sus adolescentes que citaban de carrerilla a Walt Whitman y la Biblia. Era una película ultraviolenta sobre un salary man que dejaba atrás todas las convenciones sociales para dar rienda suelta a su ira. Las películas de Sion Sono siempre retratan un mundo, el mundo de las apariencias, lleno de frustraciones y obligaciones. Un mundo que se convierte en una prisión para el protagonista, que es humillado y reducido a su mínima expresión. Pero para estos héroes existenciales existe un mundo más allá, mundos peligrosos donde el sueño de la libertad puede confundirse con la peor de las pesadillas. Los mundos de internet que terminaban siendo un espacio para la revolución social en Suicide Club y su brillante continuación Noriko Dinner Table. Los Estados Unidos para el adolescente díscolo de Hazard (2005). La memoria de la escritora de Strange Circus (2005), que termina siendo una tela de araña para su ayudante, que termina por ver en esas ficciones su propia historia. Las sectas religiosas de Love Exposure. O el mundo criminal de Cold Fish. Mundos donde los sueños y ambiciones de los protagonistas pueden desarrollarse, pero que terminan por ser una prisión igual de angustiosa que la de la realidad cotidiana en la que sobrevivían al inicio.

En Guilty of Romance repite este esquema paso a paso. Una bella mujer se casa con un escritor de éxito. Su marido es una persona muy disciplinada, que la ama y la respeta, pero que apenas pasa tiempo con ella. Se marcha a primera hora de la mañana y vuelve a la última de la tarde. La mujer trabaja como una esclava para él, cuidando de la casa y esperando su regreso. Dispone cada detalle de la casa milimétricamente, para que luego su marido pase revista y certifique que ha realizado bien su tarea. Pero un día decide comenzar a trabajar fuera de casa. El marido lo acepta y ella comienza a tomar contacto con la realidad. O con una realidad diferente a la que conocía hasta el momento. Empieza como empleada de supermercado, pero allí una cazatalentos la invita a posar como modelo. La protagonista termina convertida en actriz erótica. Así son los saltos narrativos de Sion Sono. La mujer descubre su cuerpo y su sensualidad. Gana dinero y disfruta consiguiéndolo de esa manera. Se viste de forma exuberante y provocativa, y sale a la calle para que todo el mundo la contemple. Pero pronto todo vuelve a cambiar, porque en las películas de este director ningún estado es permanente, y a mayor felicidad, mayor es la tragedia que le sigue.

La protagonista termina violada por un psicópata y entrando en los mundos de la prostitución, donde es guiada por otra mujer que por el día es profesora de universidad. Junto a ella cree encontrar una nueva libertad. Si antes, cual Emma Bovary, disfrutaba de la libertad de entregarse a otra persona que no fuera su marido, de ser ella el sujeto dominante, ahora, como prostituta, entiende que, mientras el sexo sea parte de una transacción comercial, podrá seguir siendo fiel a su cónyuge. Todo se vuelve cada vez más oscuro y, con tantos giros de guión, la película se vuelve más calculada y mecánica. En esta ocasión, Sion Sono cita a Kafka, pero el problema es que la mención al escritor checo es demasiado literal. Intenta convertir el minimalismo kafkiano en un gran aparato, en algo gigantesco, acompañando las imágenes con la quinta sinfonía de Mahler, que Visconti usara para Morte a Venezia (1971). Al final, Kafka, el autor en el que el gesto más sencillo se convertía en una puerta hacia todo tipo de mundos complejos, queda reducido a una gran estructura que solo encuentra significado en su propio mecanismo.

La película es un fracaso porque trata de traducir en esas imágenes gigantescas y demasiado explícitas, el lenguaje poético que transmiten las citas contradictorias a Mahler y Kafka. El artificio habitual de Sion Sono adquiere demasiado cuerpo, tanto que el guión se convierte en un simple intercambio de golpes con causa y consecuencia, con escenas tan calculadas y evidentes como aquellas en las que aparece la madre de una de las dos mujeres, una persona retrógrada y malvada incapaz de aceptar el camino depravado que ha tomado su hija. Todo parece demasiado hilado, demasiado perfecto. Sion Sono ha jugado siempre con estructuras complejas, pero en ellas siempre existía la sombra de una duda, la confusión. Quizás era un problema de falta de talento para rematar sus historias, pero precisamente permitía al espectador respirar en esa espiral imposible de imágenes y referencias. En Guilty of Romance todo está donde debe estar, cada idea, cada imagen y cada referencia tiene su contestación. Y eso es realmente decepcionante, como si Sion Sono se hubiese acomodado en su propio estilo. En ese momento, me pareció la muerte de un cineasta prometedor.

Sin embargo, días después la situación cambió gracias a Himizu, la película que Sion Sono presentó en el Festival de Venecia (Guilty of Romance había estado en Cannes). El visionado de la anterior obra del cineasta me había dejado realmente decepcionado, por lo que tuve que ver en dos ocasiones Himizu para conseguir entrar en ella. Fue la última película que vi en el Festival de Sitges. Debido al emocionante final que ofrece, fue la mejor forma de cerrar un gran festival. En esta ocasión, el director japonés nos lleva a un contexto inédito en su cine: las clases más desfavorecidas de Japón. En concreto, los damnificados de Fukushima. Un grupo de personas desamparadas que viven en tiendas de plástico alrededor de un negocio de alquiler de barcos, regentado por un adolescente ninguneado y sometido por un madre que lo trata con severidad y desgana, y un padre que lo ha abandonado y que solo regresa para maltratarle, robarle dinero y pedirle que se suicide para cobrar el seguro de vida. Hasta esta película, Sion Sono había centrado su interés en adolescentes nihilistas o familias de clase media-alta que generaban conflictos artificiales ante su desidia vital.

Es posible que en la primera parte de la película, el director se exceda al mostrar la miseria social en la que viven estos personajes. Recuerda a una de las películas más polémicas de Akira Kurosawa, Dodeskaden (1970), también protagonizada por una barriada de desfavorecidos que veía cómo sus sueños eran lapidados por una sociedad soberbia y nada solidaria que les negaba la posibilidad de ser felices. Sin embargo, como en Guilty of Romance, Sion Sono es un director que se mueve siempre en el cambio, provocando nuevas situaciones con las que angustiar a sus protagonistas. Ante la violencia que le toca vivir, el adolescente Sumida termina convertido en un justiciero urbano que trata de matar a las personas que hacen el mal, sea su padre, sea una familia yakuza a la que le debe dinero (por culpa de las deudas de su padre), sean unos pandilleros anónimos.

Aunque el esquema es similar al del resto de películas de Sion Sono, en Himizu hay un proceso de depuración. La película comienza en las ruinas de Fukushima. Allí coloca a muchos de sus actores fetiche, que aquí interpretan a las sufridas víctimas que, sin hogar, se han ido a vivir bajo la protección de Sumida en sus tiendas de plástico. En las terribles ruinas de la ciudad nipona hay la posibilidad de un nuevo comienzo. Para Japón, pero también para el cine de Sion Sono y sus protagonistas adolescentes, un poco a la manera de lo que planteaba Rossellini, por mucho que su cine se halle en el extremo opuesto al del director nipón. En este proceso de depuración, Sion Sono va eliminando poco a poco sus juegos visuales, su pirotecnia narrativa, sus estridencias, incluso su violencia y erotismo, reducidos a momentos puntuales. Al revés que el resto de sus películas, en Himizu los mundos que descubre el protagonista en su proceso de liberación no son necesariamente oscuros o contradictorios. Camina hacia la realidad, hacia el reconocimiento de su propia culpa. Sumida mata a su padre y cree condenarse a un mundo dominado por la violencia, que terminará inevitablemente con su muerte. Sin embargo, antes de llegar a eso, consigue encontrar una vía de escape hacia la realidad, gracias al apoyo de Chazawa, su compañera de escuela que lo abandona todo (incluido una familia demencial que le está construyendo una horca para que se suicide) por amor hacia él. Es uno de los más bellos personajes de Sion Sono. Al igual que su protagonista, el director consigue liberarse finalmente, regenerarse, tras esas oscuras pesadillas a las que se había sometido en las últimas películas que había realizado.

Pero es en sus últimos quince minutos donde la película alcanza sus momentos más memorables, incluso diría históricos para el cine japonés. Tras todos los traumas a los que Sion Sono somete a sus dos protagonistas adolescentes, estos se quedan solos. Chazawa convence a Sumida para entregarse a la policía por el asesinato de su padre. Pasan su última noche juntos en la pequeña casa en la que Sumida fue abandonado por su madre. El espacio se reduce y ellos, abrazados y alumbrados únicamente por una pequeña luz, como si no existiera un mundo más allá, comienzan a imaginar su futuro juntos, una vez él cumpla su condena. Es una escena grandiosa gracias a su sencillez. Sion Sono no necesita, por primera vez, de complejos juegos narrativos, de situaciones guiñolescas. Son solo dos adolescentes creando un mundo en el que por fin puedan ser felices. Y Sion Sono no filma ese mundo imaginario, sino que se queda con ellos en la realidad. Pero aún va más allá, y tras la última duda de Sumida, al borde del suicidio y bañándose en el agua para purificarse, ambos corren hacia el horizonte desesperadamente, gritándose. En un momento, Sion Sono corta abruptamente la escena y coloca un gigantesco travelling lateral por las ruinas de Fukushima, elevando el relato sobre el drama personal de Sumida en el relato indirecto del drama de toda una nación.

Es imposible imaginar un vuelco semejante en la carrera de un director. Del universo mecánico y falso de Guilty of Romance a la triste e inevitable verdad de las ruinas de Fukushima. Sion Sono encuentra en la tragedia de esa ciudad una razón para su cine. Una razón para continuar con una carrera cinematográfica que se encontraba estancada, condenada a repetir una y otra vez el mismo esquema. Himizu es de esas películas en las que el espectador asiste a cómo un director encuentra la verdad del cine. En un cine como el japonés, tan dado a la representación y a la descripción de rituales, es muy difícil encontrarse con algo como lo que muestra Himizu. De ahí que sea algo a celebrar, además de servir de inmejorable homenaje a todas las víctimas inocentes de la terrible tragedia del pasado marzo.


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himizu Sion Sono


 


GUILTY OF ROMANCE
JAPÓN, 2011
Director: Sion Sono
Producción: Yoshinori Chiba, Nobuhiro Iizuka
Producción ejecutiva: Kenjiro Toba, Toshimichi Otsuki
Guión: Sion Sono, basado en una idea de Mizue Kunizane
Fotografía: Sôhei Tanikawa
Montaje: Jun'ichi Itô
Música: Yasuhiro Morinaga
Disseño de producción: Yoshio Yamada, Akihiro Nakamura
Sonido: Shinji Watanabe
Intérpretes: Miki Mizuno, Makoto Togashi, Megumi Kagurazaka, Kanji Tsuda, Kazuya Kojima

HIMIZU
JAPÓN, 2011
Director: Sion Sono
Producción: Haruo Umekawa, Masashi Yamazaki
Guión: Sion Sono, basado en el cómic de Furuya Minoru
Fotografía: Sohei Tanikawa
Montaje: Junichi Ito Música: Tomohide Harada
Disseño de producción: Takashi Matsuzuka
Sonido: Akira Fukada, Masatoshi Saito
Intérpretes: Shôta Sometani, Fumi Nikaidô, Tetsu Watanabe, Mitsuru Fukikoshi