XCÈNTRIC 2015 (IV): PETER EMMANUEL GOLDMAN

Sobre 'Echoes of Silence'

Por Jean-Claude Biette

Echoes of Silence (Peter Emmanuel Goldman, 1965)

 

Prohibida recientemente por la censura francesa, Echoes of Silence parece provocar al espectador no porque Peter Emmanuel Goldman muestre a una chica un poco apagada que se ofrece al fondo de un taller a un hombre un poco mayor y gordo para ganarse un dólar o bien a un joven que acaricia el pecho de un amigo o su protagonista Miguel, deshaciéndose de una chica con la que ya no tiene ganas de hacer el amor, escenas que podríamos encontrar perfectamente, con complacencia además, en muchos de los cineastas neoyorquinos, pero puesto que permanecen los rostros obstinadamente, dudando a menudo en el paso de uno a otro, buscando los menores trazos de mutismo hasta en las manos mugrientas, en trozos de espejos sostenidos, los pelos revueltos, Goldman replantea los puntos de apoyo habituales, intriga, desarrollo clarificado de un magma vivido, comentario en sobreimpresión (sólo algunos letreros dibujan a veces las situaciones), etc.

El orden y la cantidad de secuencias parecen importar poco, tanto a nosotros como a él: existen dos copias diferentes de la película, sin que podamos distinguirlas de otra manera que por medio de las variaciones en su duración o en la luz. Tampoco importa demasiado que las secuencias musicales se repitan, están ahí para prolongar un estado, como en los estiramientos sin final, como en la secuencia de la pesca del atún o la ascensión en Rossellini. Cada capítulo o esbozo se interrumpe a fuerza de durar: las miradas que intercambian las tres chicas en una pequeña habitación no desembocan en ninguna parte y conservan en sí mismas, de forma latente, un drama que no eclosiona. A estos seres perdidos por Nueva York no les sucede nada. Una chica desamparada mece a una pobre muñeca y nada queda resuelto, observamos únicamente una ínfima mutación. El tiempo, aquí, no debe rendir ninguna cuenta respecto al tumulto de la vida cotidiana, y la película progresa por amplificación, como una onda lenta, pero sin retorno, no por adición de actos o acontecimientos de los que buscamos el recorrido exacto, sino por el añadido encolado de las soledades. Si aparecen nuevas caras, si se frecuentan lugares sorprendentes –como el museo–, se puede producir una efímera metamorfosis: Miguel rodando por el museo, cual Nosferatu, es cazado de repente dentro del círculo de sus presas inmóviles. Pero cuando más tarde los fantasmas se reexpandan por las calles de Nueva York, apenas distraídos por la lectura vehemente de la Biblia, ¿por qué motivo recorre la película este desierto entrevisto?

Echoes of Silence (Peter Emmanuel Goldman, 1965)