XCÈNTRIC 2015 (V): PETER EMMANUEL GOLDMAN

Yo, tú, él, ella

Por Moisés Granda

Echoes of Silence (Peter Emmanuel Goldman, 1965)

La historia es simple. Es 1965, Peter Emanuel Goldman tiene una cámara y algunos amigos y decide hacer una película. El cartelón del inicio sitúa los precedentes: Stasi vivía en un apartamento de Greenwich Village, del que luego se mudaría y donde Viraj comenzaría a vivir. Aun errando por los mismos lugares, visitando los mismos cafés y cruzándose con las mismas personas, nunca se habían llegado a conocer.

Echoes of Silence es, pues, un filme sobre existencias fantasmagóricas. Los personajes pasan, observan, pero no intervienen gran cosa en el mundo que les rodea. Viven pequeñas aventuras carentes de importancia que son en sí mismas los episodios cortos que forman la película. Bajo la forma de un diario filmado, estos aparecen introducidos por títulos a la acuarela seguidos de una serie de fotos fijas.

Echoes of Silence parece moverse con Nueva York, a su ritmo, en un día a día puntuado por melodías de jazz que se repiten sin parar y que sustituyen el sonido diegético de la película. Esta es la misma ciudad y son los mismos individuos que Cassavetes había filmado en Shadows (1959) y los mismos que Jarmusch retrataría mas tarde en Permanent Vacation (1980) o Stranger than Paradise (1984)1. Sirviéndose de ellos, Goldman ofrece algo así como la sinfonía de un lugar y una época, justamente, y misteriosamente también, construyendo su película a partir de anécdotas, mostrando los seres más solitarios en la ciudad más poblada.

Seres que parecen expresarse y gritar hacia dentro, frustrados y encerrados en sí mismos. La escena en la que Miguel va al museo da buena cuenta de la relación del personaje con el mundo. Le vemos observar a las mujeres a su alrededor. Primero a una. Luego a otra y después a la siguiente. Inicialmente con mirada narcótica, mas tarde con mirada vampírica, siguiendo las huellas de Biette. Estas mujeres también observan a su vez: observan los cuadros. Entre ellos hay uno de un torso masculino desnudo, pero enseguida giran la vista, apenas unos segundos y pasan a mirar retratos de paisajes. Al final, es Miguel quien acaba mirando más el torso desnudo y es quien acabara siendo más observado observándolo. Se encontrara solo en el centro de una espiral de frustraciones.

Esta falta de contacto con los otros transforma los encuentros de estos jóvenes en auténticos acontecimientos:

El desenlace de Echoes of Silence nos muestra a los personajes como los encontramos al principio, vagabundeando por la ciudad, solos consigo mismos. Aunque un rayo de esperanza, tan fino como pequeños son los gestos del filme, ha cambiado algunas cosas: Stasi y Viraj se han conocido, Miguel ha consumado sus anhelos sexuales. Paso a paso, todo avanza, se traslada, se muda, se desplaza. Y todo se mueve como lo hace Nueva York.

Echoes of Silence (Peter Emmanuel Goldman, 1965)

 

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1 También parecen los mismos individuos de las películas de Adolpho Arrietta o, mejor dicho, el mismo individuo: nos referimos aquí al parecido físico entre Miguel en Echoes of Silence y el Xavier Grandes más maduro, menos niño, al final de La trilogía del ángel (1965-1969), por ejemplo. Una complexión parecida, una forma de moverse singular, una gestualidad innata, misteriosa y secreta, un comportamiento en su relación con la cámara por momentos abrumador y, en otros instantes, frágil –es la misma fragilidad de la película sensible, contemplando las emulsiones parecerían haber salido del mismo laboratorio las películas de unos y otros–, a pesar de la candidez de Xavier y, como se notará luego, del lado un tanto siniestro de los ojos de Miguel. Pero sobre todo, una cierta tristeza en sus ojos y ese aspecto a veces narcótico. En ambos se puede observar una misma pose que no necesitará ser trabajada y que es completamente cinematográfica: la de dos seres que pasan y observan el mundo precisamente (recuérdese a Xavier en los planos finales de Les Intrigues de Sylvia Couski [1975], sus miradas en el puente, su forma de esperar que algo suceda, de estar parado mientras la ciudad se mueve) sin que parezca que éste podría quedar impregnado en sus rostros o inscrito en sus cuerpos. En cuanto a la ciudad, Arrietta sólo filmó una vez en Nueva York, al comienzo de Tam Tam (1976), otro filme hermano de éste, su reverso alegre: fue cuando Jonas Mekas le había invitado a presentar Les Intrigues en Anthology, de modo que Arrietta aprovechó para filmar el plano que abre la película de las siete fiestas parisinas, una vista de Manhattan, en el apartamento de Mekas y con la Bolex de Mekas, justamente quien había escrito sobre Echoes of Silence años antes: «El mes de febrero se adueña poco a poco de Nueva York. No se siente ninguna gran excitación en el aire. Ni siquiera Deserto rosso (1964), de Antonioni, la película más bella que se ha estrenado en Nueva York en los últimos meses, ha podido crear entusiasmo. Hay un aburrimiento en el aire. Hubo, sin embargo, una demostración de entusiasmo el lunes pasado en la Cinémathèque. Un enorme aplauso al finalizar el estreno de Echoes of Sdence, el primer largometraje de Peter Goldman, un joven de más o menos veinte años. No es frecuente que un nuevo realizador tan prometedor aparezca en escena. Hay en Goldman varias cosas buenas. La primera es la maestría y el sentimiento que logró poner en su primera obra. La segunda, la frescura que trae a la parte más débil del nuevo cine, el cine de argumento. Combinando lo mejor del cine underground (libertad de tema y de técnica) y algunas cosas buenas del cine de Godard, cuenta la simple historia de un grupo de amigos, cómo viven y lo que sienten. En una serie de notas, establece sus relaciones con economía y de una manera directa; hace que sus personajes tengan vida con sencillez y credibilidad, con más credibilidad que la mayoría de los personajes de Chabrol o Truffaut. Goldman, aun en su primera película, ha logrado escapar a muchos de los peligros de la abstracción. Compuesto por una serie de episodios, cada uno de ellos precedido por uno o dos renglones de títulos (de manera similar Vivre sa vie, de Godard) y de ningún modo perfecto en todas sus partes y artes, la película tiene una belleza formal y temática considerable. Una de las cosas más notables es la manera que tiene Goldman de encarar temas "prohibidos", como el de las relaciones homosexuales. En general, este tema se vuelve vulgar o sensacionalista en el cine. Aquí es bello y triste. El mundo que nos enseña Goldman es un mundo triste. Al presentar su obra, Goldman hizo notar que había pasado un periodo de depresión y que la película era un testimonio de esa depresión. Y lo es. Pero hay belleza en esa tristeza. Las relaciones entre lesbianas y homosexuales están presentadas de una manera poética, con una comprensión y una realidad como no he visto en ninguna otra película. En cuanto al tema, Goldman deja atrás a muchos otros realizadores aun cuando su cinta pueda ser criticada por imperfecciones formales y técnicas» (Sobre Peter Goldman y Echoes of Silence», Village Voice, 18 de febrero de 1965). La libertad de tema y técnica, la simple historia de un grupo, de cómo vive y siente, la serie de notas, las relaciones establecidas de manera directa, el hacer que las personas retratadas tengan vida con sencillez, el hecho de escapar a los peligros de la abstracción, la composición en episodios, el rechazo de la perfección, la belleza formal y el mundo retratado, un tanto triste: parecería que se está tratando de describir la propia Lost, Lost, Lost (1976), la única película que, junto con Shadows, ha filmado Nueva York de este modo.