XCÈNTRIC 2016 (8): DEL RETRATO EN EL ARTE

Portrait du peintre dans son atelier / Un peintre sous surveillance

por Boris Lehman y Gérard Preszow

Portrait du peintre dans son atélier (Boris Lehman, 1985)


Notas sobre ‘Portrait du peintre dans son atélier’

Por Boris Lehman

La película es el encuentro –cinematográfico– de dos miradas (la del pintor Arié Mandelbaum y la del cineasta Boris Lehman) con una voz: la de la cantante Esther Lamandier (que lleva el mismo apellido que Arié: Mandelbaum significa l’amandier).
Este triple encuentro de la música, de la pintura y del cine se realiza en la cotidianeidad de un lugar único: el taller del pintor.
Aquí el lienzo se confunde con la pantalla, la pintura desborda todo (el suelo y el fondo, las fotos, los libros y los objetos familiares del pintor), ella misma invadida por la música, transformada por ella.

Es tanto una biblioteca del recuerdo, como un museo, como un decorado de ópera o la escena de un recital; el taller se convierte en el espejo mágico del arte.

En el centro de este cuadro está Arié Mandelbaum. La cámara penetra en su universo, con la ayuda de algunos movimientos barriendo su taller, explorándolo en sus menores rincones, hasta su intimidad.

Encerrarse con Arié, con la soledad del artista, es quizá la única manera de intentar entrar en su pintura. Aquí no hay explicación, no hay biografía. Del pinto, sólo sabremos su nombre, algunos gestos, algunas palabras, poca cosa, casi nada.

Boris Lehman



‘Portrait du peintre dans son atélier’
Por Gérard Preszow

La última película de Boris Lehman: un retrato del pintor Arié Mandelbaum. Un sensible intercambio de miradas a través de la voz y la presencia de la cantante Esther Lamandier.

Al principio hay un documento de identidad. Después: toda una vida para desmentir cifras y letras, toda una película para desmentir la imagen. Boris Lehman, una vez más, pelea con la mortal pereza del orden.

¿Una película sobre el arte? Si se quiere. ¿Sobre un pintor? Sí, también. Portrait du peintre dans son atélier pertenecería a estas categorías, como un nombre a su apellido, pero sólo para quien quiera resumirlo rápidamente, sin ver ni escuchar nada.
Una unidad de lugar –el taller del pintor Arié Mandelbaum–, ¿pero cuánto tiempo trascurre? Entre estas otras paredes, allí abajo, lejos de Bruselas, encerrado una vez por todas, vemos lo suficiente como para conocer lo inagotable de un encuentro. Un retrato, eres tú en mi mirada a través de mi lenguaje: el cineasta filma a un pintor. Sabe que la existencia es al comienzo coexistencia, que uno no avanza sin el otro. Sabe también, y sobre todo, que un pintor es para empezar alguien que no pinta. Un cuerpo formado con el azufre de la vida, de los trazos de los cuerpos engendrados a su alrededor, como sintagmas, a veces.
Más que un ritmo, es la película de un débito. Las imágenes se hunden lentas, voluptuosas, amplias, arrasando con todo a su paso. Acarrean los signos de una existencia, se hinchan con lo que desnudan, hay un resplandor de luz o se intimidan con las sombras, dependiendo de si se escarba en ellas, en un rincón o buscan la luz. Fuera y dentro se inclina sobre sí. La cámara acaricia, secciona, abrasa todo lo que se ofrece a ella. ¿Cómo salir de otra manera cuando se ha prometido cerrar la puerta al pasar?

Hay tubos de colores, por supuesto, a primera vista. Pinceles. Espejos. Cuadros en caballetes. Herramientas de trabajo. ¿Y en los cuadros? ¿Vemos lo que ha pintado el pintor? Adivinamos formas, figurativas, colores y mucho blanco. El blanco de la tela confundido con el blanco de la pantalla. Boris Lehman sabe que filmar no es pintar y que ver se hace con el ojo desnudo.
No se puede contar un cuadro, pero se puede contar una vida.

El arte de hacer café, la radio que encendemos como una almohada de soledad, la siesta a cualquier hora del día y de la noche, el teléfono que regula el mundo desde la distancia: los gestos de fundación.

Carteles, cartas, recordatorios colgados de las paredes, libros en las mesas que contienen palabras dentro, fotos de familia, frutas, medicamentos…: la cámara enumera una sucesión infinita. Entre estas cosas y estos gestos, el rostro del pintor nos da la cara. Una eternidad.

El interés por almacenar lo real es tan grande que la ilusión se cumple. Y hay algo verdadero en estas imágenes.

¿Dónde estamos?

Una voz de mujer nos envuelve desde el principio, desde los comienzos –ya no sabemos desde cuándo–: la voz de Esther Lamandier, cantando lamentos en sefaradí y arameo.

Y el cuerpo de la voz aparece. Una mujer vestida de blanco. Está inclinada en un arpa que mantiene entre sus rodillas. ¿De dónde viene? ¿Dónde estamos? Taller, pintor, película sobre el arte, Bruselas…

Boris Lehman despluma los títulos y se divierte con los nombres: Lamandier se traduce como Mandelbaum.

Entre las baldosas manchadas y las paredes agrietadas, una voz franquea los límites del espacio y del tiempo. Arranca al caos a su manera, y las imágenes surgen en cascada de esta boca-cámara. Es un ojo que nubla la vista. ¿Puede que el cineasta nos sugiera así la idea de una pintura? ¿Puede que se trate de acumular los giros para llegar a un punto imaginario?

El objeto habla del sujeto. Avanza aún más, y no tiene  frío en los ojos. El encuentro entre el cineasta y el pintor ha tenido lugar. Cuatro ojos, y los nuestros como testigos. El cineasta ha pasado a su película, el pintor lo ha atrapado en su tela. Empieza a trabajar. Asistimos al Retrato del cineasta en el taller del pintor. Gestos, un baile: el carboncillo sobre la trama de lino, la materia robada a la imagen. La verdad ficticia del giro el cineasta nunca ha estado en otra parte, salvo en su película; el pinto nunca ha estado en otra parte, salvo en la pantalla.

La película conserva la huella de un encuentro, es el depósito de un tiempo de vida. Una página de más en el diario cinematográfico de Boris Lehman: «hoy (¿pero qué duración para una película de cuarenta minutos?) he quedado con Arié». Y nosotros habremos querido verlo. ¿No es posible que sólo hayamos visto esto? Lo que nos queda del enigma del otro, al final, es el enigma y la historia que podemos contar por nuestra propia cuenta, la que podemos contarnos a nosotros mismos.

Publicado originalmente en Regards, nº 147, octubre de 1985.

 
Notas sobre ‘Un peintre sous surveillance’
Por Boris Lehman

Tras muchos años y una amistad, sentí el deseo de hacer una segunda película con Arié, una especie de «Portrait du peintre, 20 ans après». No para explicar lo que sigue siendo inexplicable ni para aportar nuevos elementos que habría podido olvidar en la primera película. Sino simplemente para continuar con la pregunta principal: ¿qué es pintar? Y, a raíz de ahí, ¿qué es un pintor? (lo que nos lleva a decirnos: ¿qué es un hombre?). Cómo filmar la pintura y, sobre todo, el acto de pintar. Y cuando digo: qué es un pintor, es evidentemente la pregunta que me hago a mí mismo, que vuelve a mí como una pelota de ping pong o un boomerang: qué es un cineasta y cómo filma.

Así que me encontré con esta pregunta a la espalda, y decidí llevarla al cine, para liberarme de ella. Es fácil de decir, me autocité a mí mismo en la repetición, pero sabemos que nunca nos acostamos dos veces en la misma cama. Con la patina del tiempo, el original se modifica, le salen arrugas, es escinde en miles de facetas, como las excrecencias, las variantes o las variaciones, en el sentido musical del término.

Lanzo algunas palabras al azar, que recojo en el lugar en el que filmo: umwelt, azul del cielo, soledad, amar, naranja, prisión, judío, huevos… y se cocinan en la película como las moscas en vinagre o en una telaraña.

Está la voz de Arié Mandelbaum y la de Esther Lamandier (la pareja l’amandier-Mandelbaum), la radio que ronronea, los lienzos blancos, las manchas en el suelo, el lugar de una vida en el que todo se parece, donde todo se reemplaza.

Hace veinte años, no pensaba que fuera posible mostrar a un hombre pintando, que todas las películas que mostrasen eso serían imposturas, que todo era falso, porque cuando creamos, estamos solos con nosotros mismos, no hay nadie para ver y, sobre todo, no hay una cámara. Por eso intenta pintarme al final, porque sólo había un tema posible, que era pintar a quien le estaba filmando. Pero encontré la imposibilidad en otra parte. No vemos nada de lo que pinta, sólo los gestos.

¿Me habría vuelto con el tiempo y la costumbre alguien completamente transparente? ¿Invisible e insensible a sus ojos? ¿O aceptaría pintar bajo mi vigilancia? Así, están sus modelos, que no aceptan posar ya, pero que serían a su vez pintados, dominados, jóvenes mujeres de compañía, artistas al completo.

Así que mirad bien, porque con las personas de nuestra especie, siempre hay algunas cosas que se nos escapan.

Boris Lehman, abril de 2007.

Traducción del francés de Francisco Algarín Navarro.