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XCÈNTRIC 2016 (1): ÍNTIMO Y COLECTIVO. JOCELYNE SAAB

Vacío lleno

por Basem Al Bacha









Beyrouth, ma ville (1982)



Al subir unos escalones, de pie y fumando, observa Jocelyne Saab lo que queda de su casa. «Voilà c’est ma maison». La voz en off de Saab recorre la casa bomabardeada, se encadenan los planos que testimonian una arquitectura en ruinas. Todo indica que se trata de una vieja casa libanesa. Saab se disculpa: tampoco es tan grave, han sobrevivido y es lo importante. Aunque siente la pérdida, emergen de ella preguntas. Su reflexión se detiene, está al pie de una ruina, es dificil hilarla sin pausa, sin dudas, sin saber qué decir, sin saber a quién dirigirse. En medio de esta incertidumbre, Saab concluye su monólogo: «Como no sabemos a quién referirnos, terminamos por no saber quienes somos».

Las imágenes de las víctimas de un bombardeo, atadas a la muerte como aquellas siluetas de Pompeya, otorgan el relevo a Roger Assaf. La cámara se adentra en la ciudad. La voz de Assaf se pregunta : «¿Cuándo comenzó todo?». Beirut sigue viviendo, a pesar de los siete años de guerra, a pesar de los bombardeos y de los combates internos entre milicias, servicios secretos y ejércitos de países limitrofes. Un caos que se reorganiza y reorienta día a día, un presente infernal que domina el horizonte de la ciudad. Como bien dice Assaf, «el hombre siempre cree en lo que ve, y lo que ve termina por confundirlo; el loco no está loco, y la ciudad no era lo que aparentaba ser».

La fuerza de Beyrouth, ma ville (1982), junto a Les Enfants de la guerre (1976) y Les Nouveaux croisses d’Orient (ou Portrait d’un mercenaire français) (1975) radica precisamente en una dialogía ente proximidad y lejanía, entre pensamiento acongojado del instante y reflexión meditada en una equidistancia llena de tensión en la que se mueven la cámara y las voces testimoniales de Saab y Assaf, alejandose del manido «cine de urgencia».

La cámara de Saab no vacila, la realidad es tan violenta que la imagen se alarga simplemente, se expande, como no terminara nunca. Son imágenes familiares, «imagenes que hemos visto tanto, parecidas a tantas otras, que parece que son ellas las que me ven y me reconocen». Su mirada es indiscreta: retrata las calles sin miedo, transmitiendo cierto desasosiego, un vacío propio de la guerra, «vacío que está lleno, es eso la guerra», o el día a día de una ciudad asedidada, de una ciudad condenada, donde el trazo de una utopía multiétnica es violentado y forzado por el día a día de la guerra. Las películas de Saab no sólo retratan un paisaje urbano con unas pocas pinceladas, sino que dibujan personajes propios de un imaginario bélico, si bien son igualmente contradictorios e inolvidables. El niño que quiere ser Fedayin de mayor en Les Enfants de la guerre, el viejo que riega su huerto mientras los aviones sobrevuelan la ciudad,  clamando contra ellos («están arriba pero yo estoy aquí») o el vagabundo que resulta ser un espía en Beyrouth, ma ville, el mercenario que hereda el título de guerrero de una casta con tradición bélica y confiesa su idilio con la muerte en Les Nouveaux croisés d’Orient... Todos ellos otorgan ese caracter caótico e incluso surrealista propio del drama de una guerra, de una guerra de barrios donde los liímites y las fronteras entre milicias y sus consiguientes apoyos militares cambiaban de la noche a la mañana.

La casa, el Beit, como se dice en árabe, es aún un resguardo de identidad. Se conoce a la gente por ser «de casa de…». La palabra se usa, la expresión está viva, como lo estaba la sociedad libanesa, plural y diferente. Pero las casas no sólo se caen, también se deshacen por dentro. La huella del sueño de un pueblo árabe libanés se esfumó de un día para otro, el trauma acogió definitivamente a los habitantes de esta ciudad.

Una guerra civil da para mucho una vez terminado el conflicto. El relevo que Saab propone a Assaf es bello; se asemeja con una correspondencia epistolar: yo te llevo a mi casa y tú me muestras la ciudad, me cuentas, o –mejor– nos contamos lo que hemos vivido, porque hay que contar algo. «¿A quién referirise?», decía Saab. La palabra de una superviviente, por ejemplo, que enlaza con la reflexión de otro superviviente, Robert Antelme, cuando describía la desazón producida por la ansiedad al contar lo vivido a los primeros soldados liberadores del campo de concentración. En estas confesiones se echaba en falta cierto artificio en el relato, produciendo en el oyente fatiga. La asuencia de fabulacón hacía imposible la comunicación. Pero el drama consiste en que todo era verdad, en que no había nada que no fuera verdad. Y en que había tantas historias que contar…  Espectáculo, espectáculo, en el día de ayer y en el de manñana, siempre espectáculo. Saab y Assaf no renuncian, no especulan.

La serenidad a la hora de filmar y de contar conduce a Saab y Assaf en su memoria;  recuerdan así, en un emotivo homenaje, la pérdida de un amigo, Karim. Desde la casa a la ausencia de un amigo, pasando por el presente inmediato del conflicto, la entrada de Israel en el conflicto y el asedio del Beirut oeste, los bombardeos diarios, las necesidades mínimas no cubiertas en la parte asediada, la forzada salida de los milicianos palestinos y la consiguiente despedida se resume todo un movimiento crucial del conflicto. Las imágenes se suceden en un montaje en el que los planos se corresponden los unos con los otros, como la secuencia del viejo que riega su huerto, antecedida por una atmosfera de vacio en la que un coche  hace un giro rapido y da marcha atrás. Una mujer se sube a una moto sin dejar de mirar hacia arriba. El jardinero está igualmente atento al cielo, pero no descuida sus plantas. En la despedida de los milicianos palestinos la secuencia de los hombre armados, subidos a los carros y camiones, se completa con las imágenes de las mujeres, que lloran anunciando la partida con sus altavoces.

Las imágenes de Beyrouth, ma ville desprenden una belleza desoladora, una cierta felicidad. Hay algo que sigue su curso, algo interrupido durante los bombardeos nocturnos, una vida fragil y fuerte a la vez. Algunos piensan que ya es suficiente respecto a las imágenes; otros que nunca es suficiente.

Un día, pensé había que dignificar y salvar a las imágenes de la vorágine  del consumo. A través de los ojos de Saab nunca tendré suficientes imágenes de aquel drama, siempre querré mas.





Les Enfants de la guerre (1976)