XCÈNTRIC 2019 (37): HE STANDS IN A DESERT COUNTING THE SECONDS OF HIS LIFE, DE JONAS MEKAS (22)

Diciendo adiós a Hollis Frampton

Por Jonas Mekas


 


Enterramos a Hollis [Frampton]. Un pequeño grupo de unas treinta personas más o menos, la familia, los parientes, los primos, las madres (la madre de Hollis, la madre de Marion), algunos amigos cineastas, algunos amigos de la universidad –colocaron el ataúd en una pequeña montaña, en el cementerio de Fresh Meadows (creo que se llama así), con un pequeño riachuelo que corría por allí, a unos pasos, en realidad era la parte más hermosa del cementerio, me pareció bastante bonita, para nada deprimente, lo cual muchas veces es el caso.

Quedamos a las 10 de la mañana en Funeral Home, en Main Street, 2540, no muy lejos de donde vivía Hollis (en Greenfield St., 75) y allí estaba el ataúd cubierto de muchas flores –un montón de pájaros del paraíso, crisantemos- y entonces todos marchamos detrás de la triste caravana del coche y llevamos a Hollis por la ruta que había previsto Marion, la que seguía Hollis, pasando por su casa, pasando por el zoo, con las cabezas de las jirafas asomando por encima de las rejas, pasando por el edificio Frank Lloyd Wright y otros lugares que a Hollis le gustaban y por los que pasaba cada día, y así llegamos a Fresh Meadows.

Dos despedidas humildes, con cinco frases pronunciadas por dos amigos, y luego volvimos a casa de Marion y jugamos con esos juguetes mecánicos a los que se les da cuerda, el par de docenas que Hollis había coleccionado. Jugamos con ellos en el suelo... La madre de Hollis se sentó allí, con su cabeza balanceándose suavemente, y tuve la impresión de que estaba en cualquier otra parte. No estaba seguro de que estuviera dándose cuenta de lo que estaba ocurriendo, pero debió sentir algún tipo de conciencia tranquila. No estaba ausente, no estaba demasiado triste, simplemente estaba muy, muy callada. Podría ser su manera de estar triste, y Marion era muy valiente, asumía la realidad, encargándose de todo e intentando no explotar. Sí, Hollis lo sabía todo, desde hacía un año más o menos, sabía todo sobre su cáncer de pulmón, pero no quería pasar el resto de su vida hablando sobre el cáncer a esas caras tristes... Murió en casa, sin dolor, muy relajado en todos los sentidos, y allí estaba Bruce Jenkins, alguien que siempre aparecía en situaciones como ésta, y que se encarga de las cosas tranquilamente, él mismo, es muy fuerte y simplemente lo hace –simplemente, porque hay que hacerlo- y mantiene todo bajo control, y en marcha; el día era soleado, hermoso.

Luego echamos un rato a casa de Bruce, dejando que Marion descansara, y a las 3 de la tarde nos fuimos a Albright-Knox Gallery, donde había un pequeño homenaje para Hollis, donde dijeron algunas palabras Bruce, Annette, Huot y el primo de Hollis, David (Hamilton). Otros amigos hablaron, algunos incluso contaron las bromas favoritas de Hollis, todo era muy simple, nada grande.

Y luego cada uno cogió su propio camino –nos llevamos una flor: una rosa, un crisantemo, un pájaro del paraíso, flores que habíamos cogido del ataúd de Hollis, como si él las hubiera puesto allí, en esa pequeña colina soleada, cerca del arroyo, listo para cruzarlo.

P.S.

Recuerdo que pregunté a Hollis hace un tiempo: «¿Te gustaría que te enterraran o que te cremaran cuando mueras?». Dijo que la cremación no sería justa para los gusanos. Le gustaría que se divirtieran un poco también, así que es lo que se hizo.
























































 

2 de abril de 1984

Publicado originalmente en Jonas Mekas.
A Dance with Fred Astaire.
 Anthology Editions, octubre de 2017.

Traducción del francés de Francisco Algarín Navarro.