XCÈNTRIC 2019 (33): HE STANDS IN A DESERT COUNTING THE SECONDS OF HIS LIFE, DE JONAS MEKAS (18)

De los diarios: Peter Kubelka

Por Jonas Mekas


 



Cuando se trata de arte, soy muy materialista. Por encima de todo, valoro la singularidad de la obra y el placer que me proporciona. Cuando veo algo que no se parece a nada que haya visto, me emociono mucho.

Cuando vi la película de Peter Kubelka Arnulf Rainer por primera vez, me pasó algo similar. Fue en la Tercera Exposición Internacional de Cine Experimental en Knokke-le-Zoute, en diciembre de 1963. La pantalla de repente se iluminó de energía; todo tenía vida, yo estaba eufórico. Era una celebración increíble del cine; un himno a la luz. Helios. La civilización griega que nos precedía había llegado a su culminación con Arnulf Rainer, en la luz.

La película acabó. No quería ver nada más. Caminé por el vestíbulo. Entonces vi a un hombre de pie, abatido. Inmediatamente supe que era Kubelka. Le reconocí por su tristeza. Había visto las caras de la gente en la sala, y no apreciaron la película en absoluto. La belleza de la luz, la luz se les escapaba.

Así que nos quedamos allí de pie en el vestíbulo, compartiendo nuestra tristeza sobre el público de vanguardia.

Así fue como Peter y yo nos conocimos.


Sin fecha, 1971
Londres

En la Tate Gallery, Peter me lleva a ver una pintura de Piero della Francesca. Tres ángeles cantando.

«Mira los colores», dijo. Estaba nervioso. Extático. «Ves, sólo usaba colores de su región. Usaba guijarros y piedras para crear sus pinturas, para fabricar sus pigmentos. Esas piedras, esos pigmentos, no se podían encontrar en ninguna otra parte. Era un pintor regional. Cuando voy a Italia, siempre bebo el vino de la región, y siempre me digo que es el mejor.


18 de junio de 1974

Peter habla de mear en todos sus sitios favoritos: ciudades, montañas, praderas, océanos, y en lo que piensa cuando lo hace, porque quiere que se establezca un sentido de superioridad sobre ellos, y un día fue a una montaña, con vistas a Toulon, su montaña favorita, y se encontró con un tanque americano allí, y se molestó tanto al encontrarlo allí que no quiso volver a mear de nuevo, pero entonces entendió que su afición a mear en todos los lugares que le gustaban no eran una forma de cumplir con un deseo de superioridad, sino que necesitaba establecer una relación con esos lugares de la forma más íntima, tal y como los perros mean en los lugares que le gustan, por eso sentía también esa urgencia básica y primitiva por comunicarse. Ya no quería comunicarse con esa montaña, con aquel tanque frío e inhumano, aunque hubiera sido uno de sus sitios favoritos.











6 de febrero de 1977

Peter está en la ciudad. Se queda con nosotros.

Peter ha quedado con Ken Jacobs para comer en Chinatown. Dicen que van a quedar en la esquina de Boradway con Canal Street a mediodía. «¿De verdad?», le digo. «¿No sabes que Ken siempre llega dos horas tarde? Hace frío en Canal Street».

Peter se ríe, «le dije que nos llamara cuando estuviera preparado, saliendo por la puerta». Estábamos de acuerdo en que era una jugada inteligente.

Es domingo por la mañana. Peter está probando su grabadora. Estamos listos. Nos sentamos y esperamos la llamada de Ken. Doce. Doce y cuarto. Doce y media. Le digo que voy a llamar a Ken para ver qué pasa. Contesta Nisi. Ken se pone, está dormido o drogado. Parece no saber qué hora es. Pongo a Peter al teléfono. Quedan de otra forma: saldremos ahora y veremos a Ken y Florence en el restaurante, en el Phoenix, en Chinatown.

Caminamos por el frío Broadway, y luego por Canal Street: Friedl Bondy, los tres, y Robert Haller, que se ha unido a nosotros. En la esquina de Canal y Mulberry Street, Peter se para y entra a una tienda. «¿Dónde va?», pregunto.

«Va a comprar comida para tomar mientras caminamos, para que no tengamos tanta hambre», me dice Friedl.

No estoy tan loco como para comer en la calle. Nos quedamos allí esperando a Peter. Hace frío y mucho viento, cae la nieve húmeda. Peter vuelve, muy nervioso, con una especie de cartucho de salchichas dulces, secas. «Prueba», dice, «están muy buenas». Todos las probamos. Deliciosas. Oona, mi hija de cuatro años, se come una, dos, cinco, quizá más. Seguimos andando.

Vamos muy despacio; inmensamente despacio, porque la calle está llena de carros de verdura. Peter para y echa un ojo a cada carro, a cada barril, a cada bolsa. Peter y Hollis se quedan maravillados con unas grandes, verdes.

Mientras rebuscan entre las verduras, me quedo de pie y espero a una joven china con una caldera humeante o algo que se parece a un puesto de hamburguesas. En el puesto: huevos al horno marrones. Hago una broma a Peter: «Eh, ¡mira esas salchichas de Frankfurt chinas!». Peter viene, observa la caldera y parece todavía más entusiasmado: «Tenemos que pedir», dice. «No», le digo, «te vas a envenenar o algo. Míralas, están todas hechas pedazos, marrones, asquerosas». Pero no, nada puede disuadir ya a Peter, tiene que tenerlas. «¿Alguien más quiere?», pregunta. Contagiado por el entusiasmo de Peter, decido probarlas también. Están fantásticas. Peter se queda de pie en la calle pelándolas y comemos, están genial. La nieve nos cae encima.

Seguimos bajando por Canal Street, y luego por Mott Street, paseamos, paramos aquí y allá, con Peter acercándose a cada escaparate. Llegamos al Phoenix en torno a las dos. Los Jacobs están allí esperándonos: Flo, Azzazel y Nisi. Ken está en algún sitio, buscándonos: «Se fue a buscaros. Pensamos que os habíais perdido», dice Flo. Ken vuelve contento al vernos.

Caminamos otra vez por Chinatown... Otro día, otra comida juntos, con Peter y Ken. No ha cambiado nada.












5 de abril de 1980

Peter nos cuenta cómo, hace unos cinco años, fue a Sicilia, cuando el Etna estaba en erupción. Sintió la gran necesidad de confrontarse con él, de experimentar la naturaleza en bruto, sin control. Se visitió con su mejor traje de los domingos, con corbata y todo, cogió un paquete de prosciutto, cargó su Bolex, dejó a Gertie en la ciudad y condujo hasta el Monte Etna, acercándose tanto como pudo. Cuando ya no pudo conducir más, salió del coche y empezó a caminar. El Etna estaba escupiendo y rugiendo. Al menos había siete nuevas aberturas. Los ríos de lava bajaban por la montaña. 

En algún lugar, a medio camino, hacia el último punto, encontró a un grupo de científicos que estaban estudiando la erupción del Etna, unos científicos famosos en el mundo entero. Bajaban a toda prisa, vestidos con unos trajes ignífugos y con máscaras. Se quedaron asombrados al ver a Peter caminando al pasar junto a ellos, vestido con su mejor traje de los domingos. Intentaron convencerle para que parase y volviera, porque era demasiado peligroso ir más lejos. Peter les dio las gracias y siguió.

Cogió un pasaje estrecho entre dos ríos de lava, un camino en medio, de unos 300 metros. Caminó entre ellos. Finalmente llegó al último altiplano, que estaba frío. El Etna seguía escupiendo y rugiendo. El sol se estaba poniendo detrás. La luna estaba saliendo. Sacó su prosciutto y decidió tomar la cena tranquilamente, sin sobresaltos. Pero el viento arrancó de sus manos el papel con el prosciutto y salió volando, hacia la boca del Etna.

Se quedó allí de pie, en lo alto de esta montaña, contemplándola. Había confrontando a esta fuerza de la naturaleza, había sentido el vacío de sí mismo y el poder eterno de la naturaleza. Peter sacó su Bolex y empezó a filmar.

Luego, la gente de Viena se enteró de todo. Un programa de televisión quiso que volviera, para poder filmarle. Peter dijo: «Llevadme en helicóptero y dejadme en la cima del Etna, en el altiplano, con una mesa llena; me podéis filmar desde el helicóptero, tomando la cena con mi traje de los domingos». Así que la gente de la tele le llevó al Etna, con la mesa y todo, pero el Etna en aquel momento estaba tan salvaje que el helicóptero no pudo aterrizar. Valoraron la posibilidad de alquilar un helicóptero militar, pero tampoco estaban seguros de que pudieran aterrizar. Volvieron a Viena, cancelando el proyecto.










6 de octubre de 1985

Visitamos a Annette Michelson por la noche. Peter comienza una larga discusión/disertación con un joven de Israel, un historiador de arte, y también P. Adams Sitney, relacionado con Israel. Peter afirmó que Israel es un estado ateo en el que los verdaderos judíos, conservadores, creyentes son o perseguidos o ignorados. Empezó un debate sobre lo que significaba un «verdadero judío». Resulta que Peter piensa que los hasidim, que llevan ropas tradicionales y que interpretan sus rituales tradicionales son los únicos verdaderos judíos. Esto provocó una gran confrontación, que todavía no se ha resuelto. Entonces la discusión se desplaza a Stan Brakhage con quien Petre tuvo una conversación hace unos días. Dice que Stan le dijo que ya no le gustan sus películas a nadie y que en San Francisco, entre otros lugares, le abuchean cuando ven sus películas en pantalla. P. Adams comenta que Stan nunca ha llenado tanto una sala, que sus proyecciones en la Donnell Library y en el Millennium, e incluso en San Francisco agotaron las entradas.

Peter cuenta lo que Stan le ha dicho por teléfono: que mandó una de sus películas a una proyección en San Francisco con un nombre falso, que todo el mundo pensaba que era una película extraordinaria y que les gustaba porque no sabían que era suya. P. Adams dice que es una fantasía de Stan; Stan nunca hizo nada parecido, lo habríamos sabido. Peter dice que es posible, pero nunca se toma lo que dice Stan de manera literal. Para él las palabras son como un barómetro del tiempo, indican la verdadera profundidad de lo que señalan. Stan puede estar diciendo una absoluta estupidez y puede ser un idiota, pero tras toda esa idiotez se esconde la verdad esencial de la situación del cine de vanguardia actual: una situación en la que los promotores, los activistas políticos, los estudiantes, los académicos, etc. han tomado el terreno.

El tema de la noche es ahora las lenguas gaélicas y la poesía, a lo que Peter dedica ahora mucho tiempo.



Publicado originalmente en Jonas Mekas.
A Dance with Fred Astaire.
 Anthology Editions, octubre de 2017.

Traducción del francés de Francisco Algarín Navarro.