XCÈNTRIC 2019 (17): HE STANDS IN A DESERT COUNTING THE SECONDS OF HIS LIFE, DE JONAS MEKAS (2)

Hans Richter y Henri Langlois

Por Jonas Mekas y Pip Chodorov


 


Fue un encuentro bastante extraño, porque aunque no conozco cómo era su relación en la época, Richter y Langlois no eran tan amigos. Como vemos en el material que filmé, apenas se tocan cuando se encuentran; incluso después de tantos años, la distancia entre ellos seguía estando ahí.

Conocí a Langlois cuando vino a Nueva York con la idea de crear una rama americana de la Cinémathèque Française. Mientras buscaba un lugar para hacerlo, el MoMA le saltó encima, argumentando que eso suponía una separación de su propia programación, y que Nueva York no necesitaba una cinemateca, porque el MoMA ya era una. Fue así como la gente que le apoyaba finalmente no le siguieron.

Pero nos conocimos, entablamos una amistad, y nos ayudó a organizar una retrospectiva dedicada a Jean Epstein, para la que nos prestó todas sus copias. Hicimos una retrospectiva integral, con una quincena de programas dedicados a Epstein, y luego devolvimos las copias a París.

Dos o tres años más tarde, como queríamos proyectar de nuevo una película de Epstein, llamé a Langlois:

- ¿Podríamos tener esta película? Nos gustaría proyectarla.
- Sí, sí, claro, respondió. ¡Proyectadla!
- De acuerdo, pero necesitamos una copia.
- ¿No tenéis la copia? Os envié todas sus películas, ¿no habéis hecho copias?
- Os las hemos reenviado sin hacer copias. Hemos respetado los derechos. Pensamos que no era justo robarlas.
- Tendríais que haberlas robado, ¡banda de imbéciles!, respondió Langlois.

Jonas Mekas


El origen de las tensiones entre Langlois, el heroico protector de la historia de la industria del cine narrativo, y Hans Ritcher, el campeón del cine como arte visual, nunca se conocerá, pero no es difícil imaginar que su origen podía estar en la divergencia de sus lealtades cinematográficas.

Langlois era un cinéfilo omnívoro que inspiró a la Nouvelle Vague del cine francés, la generación de cineastas como Jean-Luc Godard, François Truffaut y Claude Chabrol, para que el cine fuera un medio esencialmente narrativo. Según su concepción de la naturaleza del cine –explicitada en las páginas de Cahiers du cinéma, bajo el nombre de «teoría de los autores»- el realizador de una película narrativa distribuida comercialmente era un «autor», y los grandes realizadores de la industria del cine (John Ford, Howard Hawks, Alfred Hitchcock) expresaban una visión personal, a pesar de su sumisión a las reglas estrictas impuestas por los intratables hombres de negocios.

Richter, por el contrario, defendía una idea mucho más personal, según la cual el cine era un medio que el artista podía apropiarse y utilizarlo a la manera de un pintor que trabaja sobre una tela o de un escultor que talla la piedra.

Durante muchos años, Mekas defendió la posición de Richter en el semanal Village Voice, donde su columna, «Movie Journal», aparecía junto a las recensiones que Andrew Sarris, primero abogado americano de la teoría de los autores que tanto apoyaba Langlois, dedicaba a los largometrajes distribuidos en las salas.

No podemos acusar a Langlois de haber ignorado por completo a las películas de artistas. Había comprado algunas que programaba de vez en cuando en la Cinémathèque, y él mismo llegó a exponer las pinturas de rodillo de Richter. Pero para él, los «autores» más grandes habían trabajado en Hollywood.

Sea como fuere, la tranquilidad silvestre de esa tarde de verano, capturada por Mekas en el campo en Connecticut, no deja que se transparente esas divergencias en las lealtades entre Langlois y Richter –salvo, como Mekas sugiere, la contención casi imperceptible en el momento en el que se dan la mano al comienzo.

Pip Chodorv

Artículo publicado originalmente
en el libreto que acompaña a la edición en DVD de
He Stands in a Desert Counting the Seconds of His Life
editado por Re:voir.

Traducción del francés de Francisco Algarín Navarro.