RAPACE (João Nicolau, 2006):

Rara avis

por Francisco Algarín Navarro

La cara que mereces. Él estaba allí. Se llamaba Nicolau y era uno de esos rapaces a los que deseábamos partirle la cara tan sólo por ser cascarón de huevo. Como en la escuela, Miguel Gomes le llamaba por su apellido y le invitaba a reinventar, junto al resto de sus compañeros, las reglas del juego. Del mismo modo que Le Pont du Nord (Jacques Rivette, 1981) resumía el fin de una generación atrapada en una tela de araña, Gomes invoca en A cara que mereces (2004) el comienzo de otra, la del «sonido y la furia». ¿De dónde vienen esas extrañas aves portuguesas que hacen acto de presencia al final de Rapace? De O último mergulho (João Cesar Monteiro,1992), último vuelo de aquel ojo que mataba, tiempo trabajado por las pezuñas de este pájaro llamado Nicolau, que tan bien supo recoger el testigo del rapace Monteiro. Ese vai-e-vem podía ser un paseo en barca, pero siempre por las alcantarillas de Lisboa. Nunca queda claro en Rapace quiénes son ratones y quiénes gatos. Siempre el eterno juego adolescente de la disociación: imágenes y sonidos, sonidos e imágenes formando constelaciones asincrónicas, pequeños actos y set pieces que se contraen y se dilatan sin cesar. En cualquier momento podría caer el telón. Una lucha de fuerzas imperantes concebidas como se escribe una carta de amor que tan sólo por momentos puede ser leída como signos del más allá. La voluntad expresa de borrar los rasgos caligráficos y dejar solo huellas como manchas de tinta expulsada a borbotones, como una canción improvisada a partir de amistosos gestos secretos, gestos que dan forma a una melodía tan privada que ni siquiera la mujer que amamos puede “escucharla”, algo que proyecta una decepción profunda, sincera y duradera. «¡Ferdinand!», repetía incansablemente Pierrot. Un gesto de resignación como el del joven Hugo, mutismo mítico en ese paseo nocturno en una carroza no de oro, sino de cartón piedra como las habitaciones de ladrillos de Marianne Renoir. En la pista de baile las blancas paredes no conocen la finitud, sino que se proyectan como espejos lechosos unas sobre otras. Una danza de cuerpos eterna: primero la reverberación del hielo golpeando el cristal, leve movimiento de un cuerpo alcoholizado. Después la explosión conjunta, los cuerpos agitados en un impasse que continuará mucho más allá de los letreros y el negro. Cuerpos que se resisten a ser borrados en mitad del blanco, una coreografía que no cesa de reinventarse, sincronizada al fin tan sólo mediante los leves parpadeos de rosadas aves primaverales a la espera de aquel querido mes...