24 CITY (Jia Zhang-ke, 2008):

Ruinas

por Miguel Blanco Hortas

¿Qué ocurre cuando el paso lógico en la obra de un director implica necesariamente una regresión? ¿Cómo aborda una crítica un caso así? Los paraísos naturales, erosionados por la mano del hombre (del Estado) en Still Life (Sanxia haoren, 2006) dan paso al infierno de hormigón de 24 City (Er shi, si cheng ji, 2008). La grandeza de la anterior película del maestro chino atraviesa como un recuerdo suspendido las imágenes de esta nueva obra. Jia coloca su cámara entre cuatro paredes inexpresivas y sus ya clásicas panorámicas no registran más que bloques de edificios al horizonte. Definitivamente, la naturaleza ha muerto y con ella la pasión humana que transitaba sus películas: el soñador frustrado de Unknown Pleasures (Ren xiao yao, 2002), los empleados globalizados de The World (Shijie, 2004) o el padre arrepentido de Still Life. Es ahora la gran estructura china la que domina por completo el plano. La relación esquizofrénica entre comunismo y capitalismo, ficción y documental (o viceversa), invade la película. ¿Hasta dónde la película es el último grito conceptual acerca de las relaciones entre ficción y documental y dónde comienza a ser la secuela directa de Still Life? Relato ficcionado en forma de documento es la mejor definición de 24 City, aunque quizás sea todo lo contrario. Un hombre habla de su primer amor y relata con cuantiosos detalles el día que se separaron, añadiendo que se produjo una escena similar a la de una antigua película china. Otra trabajadora, interpretada en esta ocasión por Joan Chen (en uno de los numerosos fakes que muestra el film), recibe su sobrenombre (Little Flower) por el parecido con una protagonista de otro clásico chino (Xiao Hua [Zheng Zhang, 1980]), que interpretaba, como no, la verdadera Joan Chen. Actores famosos que interpretan a trabajadores anónimos que relacionan sus recuerdos con ficciones famosas. Atrapados en un infierno de hormigón, constreñidos por la forma de un documental de bustos parlantes, no hay lugar para la disidencia, para la huida, para rectificar los errores del pasado. No existe un presente, sólo recuerdos que vagan de manera errática por las paredes de la vieja fábrica. El río moribundo de Still Life es la lágrima final que recorre el rostro de Zhao Tao (la actriz fetiche de Jia), la más joven de las falsas entrevistadas, que descubre de manera amarga como no existe ni presente ni futuro y únicamente puede añorar la feliz vida, ya pasada, junto a sus padres.

Jia sacrifica su propia película a favor de la coherencia estructural de su filmografía, de su enfrentamiento al Partido Comunista Chino. Cualquiera que vea esta película la considerará inferior a esa obra mayúscula, vigorosa y exuberante que era Still Life, despedida orgullosa de un mundo sepultado por el desarrollo chino. 24 City certifica que Jia no volverá a rodar una obra así, por lo que se limita a recoger el eco de aquel tiempo. Algún breve momento, entre lo cómico y lo decadente, consiguen hacer descender la gravedad de este hecho, como cuando oímos la declamación de la Internacional (en chino) junto a las instantáneas de la demolición de los viejos edificios de la antigua Chengdu, sobre las que se edificará la imagen de la renovación del gigante asiático. Al igual que la famosa fotografía del manifestante anónimo frente a los tanques en Tiananmen, una película como la de Jia certifica la derrota de la libertad, pero también muestra con orgullo sus heridas, aquel breve instante en el que muchos soñaron con la verdadera revolución. La próxima película de Jia será un film histórico.