MADRID, 16 - 25 DE ABRIL DE 2009:

Rencontres Internationales Paris/Madrid/Berlin

por Abraham Rivera Duque


«El cine no es lengua, universal o primitiva, ni siquiera lenguaje»
Gilles Deleuze

«Cuando la mayoría de la gente va al cine,
el halago definitivo —para ellos— es decir:
¡No nos hemos dado cuenta del tiempo que ha pasado!
Conmigo ves el tiempo pasar. Y lo sientes pasar»

Chantal Akerman
 

Los puentes que, en este momento, está construyendo el museo con el mundo audiovisual no nos resultan nuevos. Ya ocurrió en el mundo de las galerías cuando el video se tornó un medio con el que comenzaron los artistas a interpretar el mundo y más tarde sucedió lo mismo con el net-art. Pero es ahora cuando muchas de las obras están adquiriendo un valor diferente, al ser mostradas en contextos que cambian su propia naturaleza, acentuando valores que, en algunos casos, solo son intuidos de manera fugaz. Rencontres no es un festival al uso, pues en él tiene una gran importancia no solo la obra como objeto independiente (D’Est de Chantal Akerman, Un lac de Philippe Grandrieux, Political Advertisement VII, 1952-2008 de Antoni Muntadas y Marshall Reese…) sino su relación con otras obras dentro de grupos estancos que intentan representar una idea o concepto de la manera más fértil posible («Arquitectura propaganda», «Cuerpo social», «Retrato urbanismo», «Familia», «Valor trabajo»…). Además de poder ver la obra de cineastas ajenos a la cartelera oficial, también se nos da la oportunidad de ver una selección de obras en un lugar singular. La exposición Después del fin/Faux raccords así lo ha revelado y podemos anticipar que será de lo más valioso que se verá este año. Esta manera de exhibición/instalación/espacio debería guiarnos por lo que debe ser una buena muestra del arte audiovisual.

Los Rencontres son un proyecto dirigido y programado por Nathalie Henon y Jean-Francois Rettig que recorre tres capitales europeas y mueve a más de 150 artistas. Muchos de ellos presentaron sus obras en las proyecciones que se llevaron a cabo en la Filmoteca Española, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofia (MNCARS) y el Centro de Arte Dos de Mayo (CA2M). Asimismo, se realizaron mesas de debate en torno a las dificultades que encuentra la imagen al ser representada en el museo, ahondando también en la problemática de su difusión, su idoneidad pública y las formas de distribución. Se abrió además el festival con un concierto de Thomas Köner, que también mostró uno de sus videos en la fábrica de Tabacalera. En el CA2M tuvieron lugar parte de los talleres y las performances, entre ellos el taller WJS Web performance de Anne Roquigny, que no salió como estaba programado al estar basado en el uso libre de la red y ser el CA2M un sitio oficial de la Comunidad de Madrid que tiene restringidas la mayoría de páginas Web de contenido audiovisual (YouTube, MySpace, Vimeo, Blogspot) de donde se pretendían obtener los contenidos para el taller y posterior performance.

En la antigua fábrica de Tabacalera, con restos evidentes del paso del tiempo y de una historia vital que dejaban ver sus paredes, se pudieron apreciar las nuevas maneras de comisariar un cine que se adapta a los espacios y los modos de exhibición. Unas zonas idóneas que envolvían las obras dándoles abrigo, a la vez que las impregnaban de una historia y un contenido que en algunos casos sólo estaba sugerido. Las obras de artistas como Patrick Bernatchez, Niklas Goldbach, Thomas Leon, Josh Müller, Noëlle Pujol y Ludovic Burel o Günter Stöger se dejaron imbuir de esta esencia para así ser percibidas con la cadencia que se merecían. Esta armonía, en la que uno entraba y se desplazaba, en torno a las obras y al lugar, fueron las que guiaron el paso de unos ojos que a veces se cerraban y otras se dejaban llevar en relación a lo que sucedía en las pantallas. Un ayer que seducía y golpeaba a través del proyector y de los objetos allí abandonados por los antiguos trabajadores de la fábrica.

Que un festival como Rencontres suceda en Madrid es algo que todos los que vivimos aquí deberíamos celebrar. Si el año pasado pudimos ver No Quarto da Vanda de Pedro Costa, cineasta que hasta el momento no se ha estrenado en nuestras salas, este año se apostaba por una mayor visibilidad de cierto cine contemporáneo que solo está a la vista de unos pocos ojos. Repetía de nuevo Pedro Costa, que no pudo asistir a la proyección —como se esperaba— al estar montando en París Ne change rien. A quien sí pudimos ver fue a los lúcidos Khalil Joreige y Philippe Grandrieux. Al mismo tiempo, el enorme Artavazd Pelechian nos deslumbró con un escueto y brillante discurso en armenio sobre su manera de enfrentarse al cine.

Destacar la obra de cineastas que se encuentran en los bordes de los caminos es uno de los logros de este festival. La obra de Pelechian —que se proyectó en video por expreso deseo de su autor, peculiaridad que no nos dejó apreciar en toda su magnitud los destellos de su cine, pero que a su vez lo hizo más compacto y tangible, acotando parte de su lirismo—, mostrando los lugares que resultan ajenos al ojo occidental, culturas y tradiciones que van mas allá de folklorismos. Igualmente, pudo contemplarse en la Filmoteca D’Est de Chantal Akerman, obra rodada en países del régimen socialista (Polonia, Alemania, Rusia) y que nos enseña la manera de narrar y ficcionalizar de la directora a partir de imágenes documentales. Pues según Akerman, «En todas estas películas documentales, hay siempre distintas capas. En este caso son solo personas esperando un autobús, pero aun así evocan otras cosas; pueden evocar filas en los campos o en tiempos de guerra». En relación con estas dos obras, también pudimos ver Je veux voir de Khalil Joreige y Joana Hadjithomas, donde se entra de lleno en la función de la ruina y del cine como elementos de cohesión y exploración cartográfica, en un viaje a través del Líbano y su geografía, un encuentro entre las ruinas del cine y la propia ciudad devastada. Encuentro de civilizaciones, momentos únicos que otra cineasta libanesa, Lamia Joreige, nos confirmó tras poder ver su cortometraje sobre la memoria y sus restos.

Por último, me gustaría detenerme en algunas de las obras que pudieron presentarse en la fábrica de Tabacalera y que ejemplifican el trasvase de la imagen en movimiento al mundo museístico. Hace unos meses, Fernando Castro escribía, en las páginas del suplemento cultural de ABC sobre su animadversión hacia el modelo expositivo de la obra de Deimantas Narkevicius en el MNCARS, donde terminaba preguntándose «¿Por qué no un ciclo? Podría haberse planteado una revisión de las películas de Narkevicius como un ciclo en la sala que durante años se ha empleado para ese fin en este Museo». Bien, en este caso el cine de Narkevicius, en su mayoría, está formado por obras para reflexionar y orbitar alrededor de ellas y, por lo tanto, merecían un espacio discursivo más acorde para ello, dándole la razón a Fernando Castro. Este modelo sí es válido en un lugar donde el transito también forma parte de lo que vemos y donde el espacio se desfigura en la propia obra que contemplamos, en las paredes del edificio a medio derruir, a veces frio y otras acogedor. El espacio, la mayoría de las veces vacío, daba pie a perderse, a poder abandonarse en su interior durante las calurosas tardes de mayo y junio.

Lugar donde algunas parejas también se abandonaban a otros quehaceres mas libidinosos, dejando paso a escenas de ensimismamiento que podían estar sacadas de Von einer Welt, de Corina Schnitt, que jugaba con el placer y la violencia de varias mujeres y un hombre en torno a ellas. Asimismo los rodeos y divagaciones de gente mayor que vagaba y dormía delante de muchas de las obras, —entre ellas Celebration, de Hans Op de Beeck, que a su vez muestra la escena de un cuadro viviente en la que algunos de los personajes también se dejan llevar por la apatía de la escena— nos hacían preguntarnos quién era el observador y quién el observado. Las imágenes de I Feel Cold Today de Patrick Bernatchez, con oficinas desiertas en las que nieva; aquella de Niklas Goldbach, en la que una multitud de personas aparecen tumbadas en el suelo, en plena oscuridad, mientras una bola de espejos gira sin cesar o Cuers, de Johanna Domke, donde un interminable travelling nos muestra de manera lenta la quietud y apatía que sucede en las salas de espera de aeropuertos y demás no-lugares. Todas son obras que retornan al lugar que las resguarda, mostrando un espacio en descomposición que no es ajeno a lo que sucede en su interior.

El marco expositivo que se empleó, con alteraciones mínimas, y que dejaba a la vista muchas de las salas de la antigua fábrica que podían verse iluminadas por luces fluorescentes tras los cristales, nos enseña que los Rencontres han conseguido evocar un discurrir del arte y el audiovisual que bien pudiera ser uno de los futuros que le esperan a una disciplina que, cada vez más, exige salir del lugar al que la industria lo ha abocado. Los lugares y las obras crean una conjunción en torno a la cual se articula un discurso, un caminar y, por qué no, un respirar, un tomar aire dependiendo de la ocasión, acelerado o pausado, lugares y obras que permiten el esparcimiento y el placer pues, como dijo Deleuze, el cine «saca a luz una materia inteligible que es como un presupuesto, una condición, un correlato necesario a través del cual el lenguaje construye sus propios objetos».