TOKYO SONATA (Kiyoshi Kurosawa, 2008):

Madre no hay más que una

por Moisés Granda

Al principio está la procesión, la de todas las mañanas y todos los días. Los padres al trabajo y los hijos a la escuela. Luego aparecerá el hijo mayor, que quiere ingresar en la armada americana. Y finalmente, aunque ya estaba ahí desde el principio, dejaremos reposar nuestra atención en la madre. Verdadero eje sobre el que basculan para encontrar apoyo todos los miembros de la familia. A la vez, la única mujer del grupo y, probablemente, la única que sabe o quiere escuchar al resto. El hijo mayor está prácticamente fuera de la parentela; el pequeño es demasiado joven para adentrarse completamente en el mundo de los adultos, solo podrá asomar la cabeza de vez en cuando, como cuando surge la confesión ante él de su profesora de piano; el padre, tras su despido, ensimismado, únicamente ocupado por mantener camuflado su secreto y conservar la estabilidad tradicional de la familia indemne, que su figura no sufra ante los recientes reveses. La madre (interpretada excepcionalmente por Kyôko Koizumi, vista anteriormente en la floja Hanging Gardens [Toshiaki Toyoda, 2005]) surge entonces como un personaje sufridor y silencioso, que sacrifica todas esas sacudidas que alimentan una vida emocionante por la construcción y el mantenimiento de un día a día monótono y arcaico.

No es extraño pensar entonces en los núcleos familiares japoneses que conocimos a través de las películas de Ozu, con las mismas relaciones jerárquicas que nos presenta inicialmente Tokyo Sonata (2008). Por eso, aprovechando el tirón de la crisis económica mundial, Kiyoshi Kurosawa busca desestabilizar esos rangos familiares y, de paso, rendir un homenaje a la figura de la mujer y, sobre todo, a la de la madre a lo largo de la Historia. Mujeres abandonadas a un segundo plano, buscando una fluidez entre los miembros de la familia que permita proseguir con la armonía habitual. Es un triunfo en las sombras, mudo, nunca reconocido en su justa medida. Tokyo Sonata, que imprime como nunca el humanismo en grandes pompas siguiendo esa senda que Kurosawa comenzó a labrar con License to Live (1998), avanza del mélo años cincuenta a la dispersión del presente, al mismo tiempo que la madre efectúa un movimiento paralelo, de mantener la estructura familiar tradicional sin rechistar a lanzarse a la aventura en un viaje con un criminal que desborda patetismo. Pero poco importan las escasas aptitudes del bandido para cualquier cosa porque ella solamente quiere escapar, aunque sólo sea por un día, de su aburrida monotonía. Es un gesto valiente el de Kurosawa, abandonar toda la película para entregársela a ella, para moverse con ella. El resto de la familia también vivirá sus propias aventuras, pero es al ritmo de la madre como se desarrolla Tokyo Sonata. Una muestra de entrega absoluta y, al mismo tiempo, una alabanza del saberse anónimo y querer continuar siéndolo.