LES HERBES FOLLES (Alain Resnais, 2009):

Pasiones ingrávidas

por Santiago Gallego

Aunque las imágenes glossy de Eric Gautier y las fotografías publicitarias de la única escena del filme rodada en estudio nos trajeran de nuevo a la memoria el universo de Alan Ayckbourn y, más concretamente, la adaptación cinematográfica de su pieza teatral Private Fears in Public Places, lo cierto es que Resnais ha preferido lanzarse sin red de seguridad una vez más a la aventura, tomando en esta ocasión como punto de partida L’Incident, de Christian Gailly, novelista preñado de la misma excitante imprevisibilidad y amor por el riesgo que ha dominado toda la carrera del director de Hiroshima mon amour (1959). Su último filme, que arranca como un homenaje encubierto a Strangers on a Train (Alfred Hitchcock, 1951), es, y hasta ahí llega el parecido con Coeurs (2006), un nuevo cuento sobre el azar, la soledad y el desamor, pero también sobre la tensión entre la ingravidez de nuestros deseos y la gravidez de nuestra condición mortal, filmado de forma etérea y flotante, salpicado por algunas de las elipsis más bellas que se han visto en una pantalla en muchos años, y narrado en deslizamientos esquivos y juguetones que siempre preservan lo más íntimo, también lo más inconfesable y sincero de sus personajes, esas pequeñas hierbas locas del título, empeñadas en crecer obstinadamente incluso en lugares tan inapropiados como la minúscula rendija que se abre entre dos adoquines de una calle parisina.

El fantasma de la comedia romántica de encuentros y desencuentros es aquí un mero espejismo, Resnais en realidad nos está hablando de otra cosa, de ese espacio entre el cielo y la tierra donde los destinos quedan suspendidos (como el bolso robado a Sabine Azéma que dispara la trama y contrapuntea la cinta), del tiempo detenido justo antes de que la ruleta de la fortuna comience a girar y nos empuje a los brazos de cualquier desconocido que inesperadamente va a convertirse en alguien imprescindible en nuestras vidas. Algo tan extraño e incomprensible sólo puede suceder en noches recreadas en estudio, en las que el aire es tibio, los cafés están vacíos, las personas se mueven despacio y los cines de reestreno no son locales desvencijados que se caen a pedazos. También donde el visible artificio del decorado nos transporta al ambiente de la comedia musical de Hollywood, en la que los cuerpos se liberan de las leyes físicas que los anclan a tierra y los corazones de las reglas morales que los someten a la razón, adentrándose libres en el delirio sentimental.

De una de esas salas en las que se acostumbra a soñar a oscuras, tras asistir a un pase de The Bridges at Toko-Ri (Mark Robson, 1954), emerge pensativo y solitario André Dussollier, ignorando que Sabine Azéma lo aguarda con creciente impaciencia en un entorno irresistiblemente irreal; aún tendrán tiempo de ascender juntos, de elevarse, de atreverse con acrobacias aéreas para las que los expertos afirman que no están diseñados, antes de sucumbir a su gravidez mortal, antes de convertirse en piedras con memoria, ésas mismas que filmaban Pollet en Bassae (1964), Rossellini en Viaggio in Italia (1953) o el propio Resnais en L’Année dernière à Marienbad (1961).