L'HOMME QUI MARCHE (Aurélia Georges, 2007):

Como, luego pienso, y por eso existo (lire en français)

por Mariam El Kharbachi


Tras ver el filme, comencé a investigar sobre la historia de Vladimir Slepian. Antes de nada, quería verle: ver su rostro, sus ojos, su boca, y lo encontré. Me conmovió comprobar cómo su mirada, los trazos de su rostro, la boca algo curvada hacia abajo, reflejaban la vida de un ser bastante atormentado. Contemplé esta imagen durante largo rato. Poco a poco, mientras la observaba, empecé a escuchar muy suavemente, en mi interior, un ruido, el ruido de un lápiz que acompañaba siempre a este hombre que nunca paró de escribir.

Iba a escribir sobre el filme de Aurélia Georges, quería escribir una crítica, pero me sentía cada vez más perturbada por el recuerdo de este hombre. Su imagen volvía de golpe a mi memoria, y me quedaba entonces paralizada, incapaz de escribir.

¿Cómo podría abordar la película, olvidando a Vladimir? ¿Cómo hablar de otra cosa sino de él? ¿Y cómo hablar de él?

¿Un hombre? ¿Un ser? ¿Una materia? Un fantasma que flota siempre al lado.

No me siento capaz de escribir sobre este hombre, ¿qué voy a decir?

Un hombre que un día escribió:

«¿Me expreso mal? Por supuesto que me expreso mal, cómo quieren que me exprese bien, si no sé lo que os quiero expresar.
Por un lado, os he dicho que soy un hombre, o que quiero serlo, por otra, como podréis notar, hice alusión a que tengo hambre. Esos dos problemas, de alguna forma, sería preciso poder separarlos antes de plantearlos a vosotros, o quizá reunirlos en un solo problema. No lo sé, no lo sé, os lo digo francamente. Incluso no sé si verdaderamente quiero ser un hombre, o si lo que prefiero, es no serlo del todo, o ser no sé quién.
Es muy posible que, en el fondo, sea lo único que quisiera: no ser.
En todo caso, me lo digo a menudo, pero también a menudo tengo hambre y cuando tengo hambre, me digo: veamos, eres un hombre, eres un hombre valiente, ¿y qué es el hambre cuando somos un hombre? Pero puede que incluso me diga todas estas cosas al mismo tiempo, y cuando no me digo alguna cosa, es la propia cosa la que comienza a hablarme.
¿Comprendéis? Es mi estómago el que habla. Es bonito, ¿no?»

Escribiré, entonces, con el estómago:

La forma es un círculo. Encontramos el interior y el exterior. El personaje (brillantemente interpretado por César Sarachu) se encuentra en el trazo negro de este círculo. Un hombre que roza los sentimientos, lo real, la suave mano de una mujer que no le comprende en absoluto. No hay punto de fuga, todo es redondo, todo tiene un sentido, aparentemente en medio de un mundo caótico. En este círculo, encontramos otro pequeño círculo en medio. Es el pequeño círculo de los hombres de letras, de los intelectuales, los artistas y los psicoanalistas. Nos acercamos un poco más, y descubrimos los trazos, los caminos, los puntos. Pero este hombre se queda en el trazo. Camina. He aquí un hombre irrefutable, aunque la naturaleza ha decidido matarlo. Por supuesto, no vivimos solo para el pensamiento. Hay que comer. Sin estar atado a una correa, acepta voluntariamente ser un perro civilizado: no se acostará con las perras de su propietario y no hará caca en el baño sin tirar de la cadena. Viktor fragmenta su cuerpo hasta volverse un perro, no miméticamente, sino por analogía: ¿qué tiene en común el hombre con el perro? Cuatro patas, un hocico, el deseo sexual. ¿Y el rabo? El hombre no tiene equivalente al rabo del perro. ¿Podría serlo, si su identidad pudiera no quedar reducida a su anatomía? Para comer es preciso dar algo. ¿Qué podría dar? ¿Qué sabe hacer? Se queda en los bordes de este gran círculo.

Aurélia Georges, consigue filmar esos bordes, físicos e intelectuales. Consigue seguir a este hombre en su camino. Siempre alejada, registra, con su mirada, a ese hombre que está allí, sin caer en la trampa del melodrama. Ella le sigue, en su recorrido por un París invisible: construye su filme tejiendo los paseos de Viktor por París, los pasajes literarios a lo largo de la Rive Gauche, las pequeñas pausas para beber un café y escribir en cuadernos y servilletas, en La Coupole o Les Deux Magots. Un breve éxito, la publicación del libro Fils du chien, un abandono del pequeño confort burgués, una vida completamente consagrada en la escritura.

Ella provoca en nosotros una rabia que crece poco a poco a lo largo de los 82 minutos del filme. ¿Pero qué tipo de rabia? ¿Y contra quién, contra qué?

Un hombre asqueado de ser hombre, o asqueado del propio hombre.

«¿Qué podemos esperar de esa gente con la barriga llena?», gritaba Viktor.

Más que una película «biográfica», nos invita a reflexionar sobre nuestra condición de seres humanos. ¿Somos perros atados con una correa? ¿Y quién lleva esa correa? ¿Es necesario vivir rozando esta no-realidad que es nuestro mundo de hoy? ¿Es preciso desviar la mirada?

Aurélia Georges se ha convertido en artesana, ha trabajado su filme con las manos, ha retirado lentamente, una capa tras otra, hasta el final. Ese hombre tendido sobre la acera. Ese hombre sólo, tendido sobre una acerca. Ese hombre, a secas, tendido sobre la acera. Un hombre que no quería estar atado de una correa, y que termina tendido sobre la acera.

El cogito ergo sum se convierte en como, luego pienso, y por ello existo.