SORELLE MAI (MARCO BELLOCCHIO, 2010)

Cuentos de verano

por Moisés Granda

Película un tanto alejada de la violencia presente en el resto de películas de Marco Bellocchio, Sorelle mai (2010) aparece como un refugio de melancolía donde el cineasta filma su villa natal, sus jardines y la ribera del río. Si hay algún enlace que pudiera ligarla con alguno de sus filmes precedentes, ese sería el que lo une con La gaviota, de Antón Chejov, pieza que ya había adaptado a finales de los años setenta. De Chejov retoma la división en actos centrados en personajes y un cierto romanticismo ligado al mundo de la cultura (al teatro, en particular).

Sorelle mai nace en el laboratorio de cine que Bellocchio desarrolla en Bobbio desde hace unos diez años. En él, el cineasta imparte una suerte de curso de iniciación al cine y trabaja con los alumnos realizando a modo de práctica un cortometraje por año. De la unión de algunos de estos cortometrajes, que comparten una serie de características (la utilización de los mismos actores dando vida a los mismos personajes y la continuación de raíces temáticas entre ellos), nace un mediometraje en 2006, Sorelle, al que se fueron adjuntando otros episodios hasta dar luz a Sorelle mai. La película se centra en el crecimiento de Elena (Elena Bellocchio), que vive con sus dos tías (Letizia y Maria Luisa Bellocchio), al tiempo que su madre, Sara (Donatella Finocchiaro), intenta alcanzar la gloria en los teatros de Milán. Mientras, su tío Giorgio (Pier Giorgo Bellocchio) suele acercarse a la casa familiar de Bobbio, administrada por Gianni (Gianni Schicchi), durante los veranos.

Más allá de que algunos personajes estén interpretados por actores y de que en los que se interpretan a sí mismos haya una buena parte de ficción, hay algo de muy profundamente íntimo que atraviesa Sorelle mai. Bellocchio regresa a Bobbio y se acerca a los lugares que conoce bien, que cree adecuados o ligados al verano: el río, el jardín, la discoteca; buscando, al mismo tiempo, exprimir la ficción a partir de lugares comunes de la vida cotidiana, quizá no mostrados tan habitualmente en el cine: las propiedades (la remodelación de la capilla familiar, la hipotética ampliación de la habitación de Sara en la casa de Bobbio), la solicitud de un crédito, los problemas económicos que tendrían lugar si Sara se llevara a Elena a Milán.

La trama de los episodios es más bien fina, jugando a exponer anécdotas, sobre todo en los primeros, para poco a poco sobrecargar sucesivamente la narración de motivos casi fantasmáticos procedentes de los episodios anteriores. Así los capítulos iniciales estarán llenos de gestos más realistas o, en todo caso, más alejados de la ficción «pura»: Giorgio presentando a su prometida a Elena y sus tías (hermanas de Giorgio en la ficción); Giorgio y su hermana Sara encontrándose por primera vez tras tres o cuatro episodios sin coincidir (en alguno, por minutos); Giorgio besándose con una desconocida, de unos ojos negros luminosos bellísimos que destacan en medio de la noche, durante una fiesta en el jardín después de que ésta le contara que llevaba enamorada de él desde que eran niños (al final, ella se convertirá en la prometida de Gianni, el administrador). La ficción aparecerá más claramente hacia el final. Manifestada en primer lugar con ese episodio de esa maestra que se hospeda en la casa de las tías, el cual parece venir de otra parte, pero otorga al filme una suerte de heterogeneidad que nos viene a decir que la vida sigue y las gentes que habitan un lugar no son necesariamente siempre las mismas, sino que van cambiando porque todo cambia. Y en segundo lugar, con esa suerte de tela de araña que se teje alrededor del personaje de Giorgio, con problemas que no llegamos a conocer completamente (al fin y al cabo, Sorelle mai se desarrolla durante los veranos, del resto del año nada sabemos), que llega a su cumbre en un éxtasis pesadillesco que nos hace situarle en el centro de una persecución en la que se juega su vida.

La película juega también a enlazar ciertos momentos con imágenes de las propias películas de Bellocchio. El procedimiento, sin dejar de ser hermoso, hace de Sorelle mai, ya desde su planteamiento, un filme decididamente menor, sin tratarse en absoluto un auto-homenaje. En uno de los más bellos momentos de la película, Sara, tras ver en televisión Buongiorno, notte (2003), llama por teléfono a su hermano Giorgio y le dice algo así como: «Hola Giorgio, acabo de ver la película». La afirmación no es tan hermosa si no se entiende el private joke: Pier Giorgio, que interpreta ahora a Giorgio en Sorelle mai, era ya uno de los protagonistas principales de aquel otro filme de Bellocchio (su padre). Esa forma mixta entre realidad y ficción parece conciliar y acumular los elementos que a Bellocchio le interesan de los dos lados del espejo. Por una parte, el lado íntimo al filmar su villa a partir de su familia, y, por la otra, la idealización al unir esos elementos a motivos personales, pero pertenecientes al mundo de la representación, desde el lado chejoviano del filme al lado poético (el final con la representación de Gianni en la ribera, no muy lejos de Fellini).

La manera más hermosa de pensar Sorelle mai, sería hacerlo como un álbum familiar filmado, donde vemos a Bellocchio retratar a sus hijos, a sus hermanas y a otras personas cercanas a él a lo largo del tiempo. Es el mismo trabajo que lleva realizando Richard Linklater desde hace unos años, en un proyecto aún sin título, y al que debería poner fin en 2013, en el que registra la transformación de un niño en adulto, mostrando los cambios en él y en los que lo rodean, sus padres, los ambientes. Lo más curioso de todo ello, es que parece ser un proyecto de vida para Linklater, mientras que para Bellocchio constituye una suerte de pausa, de descanso después de tantas luchas del individuo contra el poder omnipresente. Pararse a reflexionar sobre uno mismo y sus orígenes, a ver el tiempo pasar, pero solamente durante las vacaciones.